El bucle

Para todos aquellos que me inspiraron sin saberlo.
Y para los que sabiéndolo, siguieron inspirándome.

Y a mi padre, que siempre me inspirará.

1- Mark Lombard

El viento aullaba. El vaho salía de la boca del chico con cada bocanada.Tenía las manos entumecidas por el inusal frío primaveral y sentía como si el viento le abofeteara la cara, pero eso le hacía tener la mente despejada. Todo lo que había ocurrido en los últimos meses hacía que le costara mucho dormir. «Yo podría haberlo evitado», reflexionó por enésima vez.
Pero él prefería no pensar en eso. No pensar en los últimos acontecimientos ocurridos y pasear. Despedirse del que había sido su hogar. Despedirse de Virgintown. Las calles estaban casi vacías por el día, pero por la noche aún más. Mientras caminaba atravesando los bloques, en dirección al callejón de la primera calle, observó el oscuro cielo por encima del Muro. Pensaba en qué sería lo que le depararía la vida de ahí en adelante: en sus sueños jamás veía más allá de aquel tiempo. Fue entonces cuando divisó una sombra. Parecía la sombra de alguien en quien había depositado su confianza y le había fallado. Pero en la noche de Virgintown, las sombras, a veces no eran lo que parecían ser.
—Buenas noches, chico —Y otras veces sí. Era él, su grave voz era inconfundible. De entre la sombras salió un hombre calvo de gran estatura. Tenía la tez negra y unas gafas particularmente cuadradas, tras las que se escondían unos ojos de un intenso color marrón.
—Lo serán para ti —respondió el chico disimulando su sorpresa, sin hacer ni un amago de parar su marcha. El hombre de las gafas cuadradas empezó a andar al mismo ritmo que Wright—. ¿Qué quieres, Treestra? Pensaba que estarías a miles de kilómetros de aquí. Si te cogen, estás muerto.
—Solamente quería felicitarte —respondió—. Por tu cumpleaños.
—Parece que se te ha olvidado el regalo —ironizó el chico.
—Y a ti asistir a la fiesta que te han organizado. Aunque… los dos sabemos que no es una fiesta de cumpleaños. ¿Verdad, Peter? —preguntó agarrándole del hombro con fuerza, como si ya supiera la respuesta. El chico se apartó en cuanto sintió el contacto. «Si me vuelve a tocar le arranco la mano», pensó con rabia hacia sus adentros—. ¿Por qué me miras así? Los dos sabemos que es tu fiesta de despedida. Y los dos sabemos que no tienes porque destruirla tú. Un pequeño corte sería suficiente, y otro podría cargar con ese peso.
«Va a llover», intuyó al percatarse de que las estrellas ya no se veían cuando miró al cielo. A los tres minutos le cayó la primera gota en la cara. Pero él seguía caminando hacia el callejón de la primera calle de Virgintown, aún con aquel al que llamaba instructor caminando a su lado.
—¿Por qué no se va a tomar por culo, Treestra? No creo que esta lluvia le siente bien en su estado — preguntó Peter cuando ya había una manta de agua cayéndoles encima. El instructor hizo caso omiso de lo que le había dicho el chico.
—Tienes que saber que todo lo que hice lo hice por una razón —comenzó a decir aquel hombre, exhausto por la velocidad a la que andaban—. No tuve elección.
—Siempre hay elección —contestó Peter en voz alta. «Siempre», se repitió a sí mismo.
Peter había tenido que elegir entre quedarse en Virgintown o irse. Entre abandonar su vida y hacer lo correcto. Había elegido abandonar todo lo que quería solo porque era lo que creía que debía hacer. Es lo que su padre hubiera querido y era lo que él había elegido.
—Sabía que esta noche acabarías pasando por aquí. Sé a dónde vas. ¿Sabes por qué? —preguntó. De repente a Peter le pareció sentir las gotas de lluvia golpeando el suelo con más fuerza, como si fueran propocionales a la rabía que crecía en sus adentros—. Porque te conozco. Como bien sabes te conozco muy bien y te voy a decir una cosa sobre ti: tú no has elegido esto. Puedes autoengañarte todo lo que quieras. Puedes incluso llegar a pensar que ha sido una elección honorable y de gran responsabilidad. Pero si al final lo haces,… lo único que harás es firmar la sentencia de muerte de todos los que quieres. Por eso tenemos que acabar lo que empezamos, Peter. Sé que tú piensas igual que yo y no quiero que me obligues a convencerte por las malas —el chico no contestó—. Te pido perdón. Te pido perdón por todo —Peter empezó a andar cada vez más deprisa—. ¡Mírame! —gritó el instructor a la vez que volteaba al chico. Cuando Peter viró sobre si mismo vio a través de las gafas cuadradas del hombre, empañadas por la lluvia, que tenía los ojos inyectados en sangre. Se deshizo como pudo del instructor y comenzó a correr, sintiendo las gotas como frías agujas en su cara—. ¡No tuve elección! —escuchó gritar al instructor a lo lejos. «Siempre hay elección», se repitió una vez más hacia sus adentros, sin mirar atrás.
Por fin llegó a su destino: el callejón de la Primera Calle de Virgintown. Comenzó a adentrarse en él, poco a poco, apartando las enredaderas que cubrían la pared de la estrecha calle. «Un rincón demasiado oscuro incluso para Virgintown» recordó que le había dicho Ezequiel. Sería con él con el que por fin terminaría lo que habían empezado. Y empezaría una nueva vida, lejos. Al menos hasta que todo se calmara. Si lo conseguían, todo sería distinto. Tenía la certeza de poder cambiar lo que se suponía que iba a pasar. Él y todos los demás podrían vivir tranquilos. «Catherine», pensó mientras suspiraba.
Y de repente, en la oscuridad de aquel callejón, vio al que en algún momento había creído su amigo como si hubiera salido de la nada, acercándose. No supo qué decir, aunque tampoco le sorprendió.
«¿Qué hace con una pistola?». No lo entendió hasta pasados unos segundos. Sonó un fuerte pero breve disparo y cerró los ojos lo más fuerte que pudo, como si aquello fuera a parar la bala. «No quiero morir», pensó. Y notó como se le empapaba el estómago con algo más espeso que la lluvia. Sintió su rodilla hundirse en el barro que había entre las enredaderas, con el estómago ardiendo. Todo se empezaba a nublar. Todo se empezaba a disolver, como un óleo mojado. «No voy a morir ahora», se dijo. «Por favor, todavía no».
Y todo se esfumó.

֍

—¡Peter! ¡Despierta! —se incorporó sobre sí mismo con la respiración agitada. Aún sentía aquel escalofrío en la nuca. Volvió a desplomarse sobre su almohada y apartó el libro del Cuento de Basheera, que leía todas las noches desde que lo había encontrado, de enfrente de su cara. Cuando miró el reloj que colgaba en la pared se dio cuenta de que no podría disfrutar mucho más de la cama.
—¡PETER! ¡Es sábado y el señor Lombard te estará esperando ya! —los gritos de su madre se oían como si ella misma estuviera dentro de la habitación. «Esos gritos son el peor despertador del mundo», pensaba a menudo. Se le metían por los oídos hasta hacerle daño.
—Ya voy, mamá —pero no quería levantarse. Aunque él sabía que a todos los demás le parecía absurdo, aquellos sueños eran tan reales que conseguían hacerle saborear la tonta sensación de estar tirado en la cama, sin ninguna preocupación, como si hubiera dormido eternamente después de estar años y años sin echarse ni una mísera siesta. Como si hubiera estado mucho tiempo haciendo un gran esfuerzo y su recompensa hubiera sido descansar para siempre, en aquella cama. Aquel sueño en particular, en aquel momento, le asustó. Le hizo recordar toda la vida que le quedaba por delante y lo maravillosa que podría llegar a ser. Si no le disparaban, claro. Lo sabía. «Suena estúpido. Que voy a saber yo, si solo tengo 8 años.»
— ¡PETER WRIGHT! ¡Levántate ahora mismo o te tiraré un cubo de agua encima!— insistió una voz masculina.Los gritos de su madre parecían cantos de jilguero frente a los de su Padre, Joseph.
— ¡PETER…! —se escuchó otra vez. Y más le valía levantarse e ir a desayunar.
—Ya voy papá —contestó—. Ya voy.
De un brinco se sentó en la cama apoyando sus pies en el frío suelo de la habitación, lo que le hizo menear los dedos. Alzó la vista y por la ventana pudo ver que en el cielo no se atisbaba ni una nube. Era de un intenso azul. Cerró los ojos y respiró hondo. Aquellos días le gustaban. Después de vestirse bajó a desayunar.
—¡Quita enano! —dijo el mayor de sus hermanos, Jean, apartando al menor, Huge, de detrás de la madre—. Buenos días mamá —añadió dándole un beso mientras ella hacía tostadas para todos.
James (el segundo de los 5 hijos que habían tenido los Wright) estaba sentado en la mesa de la cocina y con el periódico abierto de par en par. En la portada de la prensa se podía ver la foto de un hombre rubio con el pelo repeinado y con los mofletes algo rosados. Al lado, en grande, un titular que ocupaba casi toda la página: “Yo, Tom Lawrence, estoy feliz y gozoso de haber sido reelegido como presidente de Roodcity. Sé que juntos podremos alcanzar altas cotas nunca soñadas por nuestra ciudad…”.
—Necio, se cree que algún día conseguirá eliminar al Círculo de Protección —expuso Jean al ver la foto de aquel hombre rubio.
—Después de la Guerra del Muro quién sabe Jean —le contestó James mientras pasaba una página—. Quién sabe.
—¿Guerra? Eso no fue una guerra, por mucho que la buscara Roodcity. En una guerra la gente lucha, defiende cosas, hay muertos… Lo único que pasó en “la guerra” —añadió haciendo unas comillas imaginarias en el aire con las manos— es que se levantó un muro. Y si así se hizo es porque el Círculo de Protección cumple con su cometido: evitar cualquier tipo de conflicto. Además, como si fuera tan fácil convencer a los ciudadanos del mundo que Virgintown no sirve para nada, la gente no es estúpida. Debería de preocuparse más por su gente y menos por sus ansias de poder.
—No habléis de esas cosas delante de vuestros hermanos pequeños, os lo tengo dicho —repuso Caroline, mientras servía un plato con tostadas para cada uno de los cuatro hermanos presentes.
—Pero mamá —repuso James—, solo decimos que si…
—A callar —ordenó la madre propinándole una colleja que fue casi una caricia— y a desayunar. ¡Margaret! ¿Qué haces? ¡El desayuno está listo!
Margaret era la única chica entre cinco hermanos. Justo en el medio: dos por encima y dos por debajo. Tenía el pelo rubio y como el resto de los hermanos unos ojos color miel, que cuando recibían el sol parecían verdes y cuando no, marrones. Apareció como de la nada en la cocina, y la luz que entraba por el gran ventanal iluminó su cara de preocupación.
—¿Qué te pasa? —preguntó Peter, el cuarto de los hermanos, con inocencia—. ¿Por qué estás enfadada?
—Por nada chiquitín —contestó revolviéndole el pelo y sentándose a su lado. Era la respuesta que solía obtener el pequeño cuando preguntaba algo, aunque tenía la esperanza de que eso dejara de ocurrir cuando se hiciera un poco más mayor. «Por lo menos Huge es un año menor que yo», pensaba.
Su hermano Jean tenía 20 años y una estatura media, la cara afilada y entradas en la sien, prematuras para su edad. Solo le quedaba un año para acabar su Especialización en Prensa y Comunicación. James, en cambio, con tres años menos acababa de empezar la suya. Además de que era algo bajito, tenía una buena mata de pelo negra y la cara redonda. Los dos pasaban con la familia solo los fines de semana, ya que de lunes a viernes estaban en una residencia para estudiantes en Nine’s Tood, la ciudad más cercana, cerca del colegio de Teoría y Práctica Especializada. Margaret era una jovencita muy guapa. El ojito derecho de papá a sus 14 años; y luego estaban Huge, de 7 años y Peter, un año mayor que él.
Caroline y Joseph habían decidido que estudiaran desde casa y el señor Lombard, antiguo profesor del colegio de Virgintown, les daba clases a los tres de lunes a viernes. Los fines de semana su labor era otra.
Solo había tres casas en aquella colina próxima a Nine’s Tood: la de la familia Wright, la del Sr. Lombard (su único vecino que además era el profesor de los tres menores y el médico de la familia) y la casa abandonada, donde los chicos solían jugar con la consiguiente reprimenda de la madre. Una vasta llanura con apenas vegetación y un camino con delgados pero altos árboles a los lados era lo que les separaba de la ciudad.

֍

—Hola señor Lombard —saludó Peter alzando el palo que sostenía en su mano derecha y que había encontrado en el camino, mientras que en su otra mano aguantaba El Cuento de Basheera.
—¡Hola Peter! —respondió levantándose de la mecedora que descansaba en el porche de su casa, al tiempo que encendía su pipa de fumar— ¿Preparado para jugar?
Así era como el Sr. Lombard se refería al tratamiento de Peter Wright. El niño tenía algún tipo de desorden del sueño que su vecino investigaba. Desde que el niño fue consciente de aquello, sentía la irrefutable certeza de que era capaz de saber lo que iba a pasar en el futuro a través de sus sueños, lo que en ocasiones le impedía dormir por el miedo que tenía a lo que pudiera soñar. Pero todos los especialistas a los que le había llevado su madre afirmaban que se debía a un desorden mental. «No es que esté loco —le habían explicado decenas de veces—. Es sólo que su percepción del tiempo y la gestión de sus pensamientos está… rota». La explicación científica era, en teoría, una superposición entre los sistemas neurológicos responsables de la memoria a corto plazo y los sistemas responsables del sueño. Por culpa de esto, en teoría, cuando Peter vivía ciertas situaciones, se creaba un retraso en la percepción del entorno en sus entradas perceptivas, lo que derivaba en que la mente inconsciente recibía el entorno antes que la mente consciente. Todo ello, en teoría, provocaba que en la mente de Peter se recreara la sensación de un recuerdo en la zona de los sueños, cuando en realidad los hechos que vivía el niño llevaban en su memoria apenas unos segundos. En teoría. «En teoría, por mí, se pueden ir todos a la mierda», había escuchado Peter decir en alguna ocasión a su madre. Para ella el mejor tratamiento era el que le daba el Sr. Lombard. El niño estaba más contento y parecía dormir mejor.
Cuando Peter entró en el porche el profesor y médico de la familia ya tenía preparada su pluma y su libreta de cuero verde, no más grande que una tostada.
—Vamos, pasa.
La casa del Sr. Lombard era más pequeña que la de la familia Wright, y por fortuna o desgracia para él, no vivía solo.
—¡Es él! ¡Él lo tiene! —gritaba sin cesar una voz desde una de las habitaciones.
—No te preocupes. Ya sabes que el abuelo ya está muy mayor y a veces no sabe lo que dice —le aclaró como cada vez que pasaban por aquella habitación, restando importancia a la situación. Siempre lo hacía. Mark Lombard solía desprender un aire tranquilizador al hablar, con un tono entre amable y divertido, al que acompañaban unos ojos ocultos tras unas gafas redondas.
—¡Maldito niño! ¡A mí nadie me roba! —gritó aquel hombre. El niño no sabía si estaba bien de la cabeza o no, pero lo que sí sabía es que le daba bastante miedo.
—Bueno hijo,…¿qué tal has dormido hoy? —preguntó Lombard cuando por fin habían llegado a la última habitación de la casa, mientras cerraba la puerta. El chico se encogió de hombros. Lombard imitó el gesto.
— ¿Y eso qué significa?
Lombard le volvió a preguntar dándole un par de tobas a su pipa, viendo que Peter no quería responder. «No me apetece jugar. No quiero contarle mi sueño», pensó Peter. Pero su madre y su padre le obligaban a hacerlo y el Sr. Lombard era su amigo. Por fin se levantó.
—Muy bien… ¿Dónde estás? —preguntó Lombard. Peter cerró los ojos para recordar todo lo que le fuera posible del sueño que había tenido aquella noche.
—Hace frío, pero no es invierno —sintió otra vez el aire gélido en sus manos y un escalofrío en la nuca—, y creo que…sí, otra vez estoy en Virgintown. Es mi Yo mayor. —El Sr. Lombard comenzó a escribir en su libreta de cuero verde—. Cuando voy andando me encuentro con un amigo.
—¿Cómo se llama?
—No lo recuerdo… —respondió. Los nombres era lo que siempre olvidaba de sus sueños—, pero de repente empezaba a llover —siguió explicando mientras le venían imágenes en ráfagas—, y alguien me seguía pero yo salía corriendo. Y cuando llegaba a donde quería llegar…
—¿Qué pasa hijo? —preguntó Lombard con un tono calmado. Peter abrió los ojos.
—¿Me voy a morir? —dijo preocupado—. Alguien me disparaba. Y ahí se acababa el sueño.
— ¿Eso es todo lo que recuerdas?
Peter asintió y tragó saliva. Había comenzado a creer ver el futuro desde que un día cualquiera de invierno soñó con un libro tirado en el bosque y, cuando fue al lugar donde creía que lo encontraría, lo encontró. Así consiguió el Cuento de Basheera. O así creía que había ocurrido «Pero nadie me creyó».
—¿Me van a disparar? —preguntó de nuevo a su profesor, mientras una lágrima le recorría la mejilla.
— ¡No,no, no! Ni hablar. Yo no lo permitiría —dejó su pipa en la mesa y se acercó agarrando al chico de los hombros—. Nadie te va a disparar. Ya lo hemos hablado, ¿no? No todo lo que sueñes va a pasar. ¿O es que acaso crees que cuando sueñas con cosas que ya han pasado van a volver a pasar?
El Sr. Lombard se refería a las innumerables veces que soñaba con acontecimientos pasados, y se reproducían en su mente recuerdos con total e increíble exactitud.
—Pero es que nadie me ha disparado todavía —le respondió de forma cándida—. Eso…todavía no ha pasado.
—Hijo, te lo he explicado muchas veces. No esperes que todo lo que sueñas suceda. Solo algunas cosas coinciden con la realidad. Pero eso nos pasa a todos —dijo tratando de tranquilizar al niño—. Lo que tú has tenido ha sido una pesadilla.
—¿Como cuando le cortaron la mano a mi amigo?
—Exactamente igual.
Uno de los sueños que impedían a Peter dormir era uno en el que se presentaba en la puerta del Sr. Lombard, con un amigo al que le acababan de cortar la mano, gritando como un loco.
—Ya sabes que os mudáis a Virgintown. No es posible que eso sucediera aquí, en Nine’s Tood.
—Yo no quiero ir a Virgintown. Quiero quedarme aquí contigo — le dijo recordando que al día siguiente iría a esa ciudad de la que tanto había oído hablar y con la que tanto había soñado.
—Pero allí hay niños de tu edad. ¡Irás al colegio!
—Bueno, ¡a lo mejor puedo llegar a ser el mejor Protector del mundo! —exclamó alzando los brazos en señal de victoria. Lombard le bajó los brazos y le hundió sus expectativas.
—Ya te he explicado que a pesar de que haya habido algunas coincidencias entre tus sueños y la realidad… no significa que todos los sueños que tengas vayan a pasar —le explicó en tono conciliador—. La Guerra del Muro ya terminó, no hacen falta Protectores.
—¡Sí! ¡Seré un Protector! ¡Como papá! —repitió eufórico. La idea de ser un heróico Protector le excitaba sobremanera. Lombard le agarró del brazo con fuerza y la expresión de su rostro cambió por completo en una milésima de segundo.
—Hijo, quítate ya esa idea de la cabeza. Tu padre no es un Protector, y si sigues diciendo eso a lo mejor le acabas metiendo en un lío.
—Pero…pero…
—Peter, ¿acaso crees que un Protector viviría en medio del bosque? —le preguntó. El niño contoneó los hombros y los brazos sin dejar de mirar el suelo. No sabía qué responder—. Pues claro que no, hijo,…claro que no. Y… —comenzó a decir acercándose al niño y poniéndose de cuclillas delante de su cara—… ¿Para qué quieres ser Protector? ¿Para que persigan a tu familia? ¿Para que os persigan a todos y os hagan daño cuando haya una guerra si es que la hay? —Peter volvió a menear los hombros en señal de no saber la respuesta—. Estoy seguro de que tú no quieres eso —se puso recto y miró al horizonte por la ventana, observando la gran llanura que les separaba de la alejada ciudad de Nine’s Tood—. ¡Ahora ve a jugar con tus hermanos! ¡Aprovecha tu ultimo día en Nine’s Tood!— le dijo acompañándole hasta la puerta mientras el abuelo le acusaba de diablo y ladrón.
—Hijo —dijo Lombard sonriendo mientras salían de la casa—, no te preocupes, ya verás como todo saldrá bien. Tendrás muchos amigos, y seréis muy felices pero por favor, prométeme Peter, que no volverás a decir lo de que tu padre es un Protector.
—Pero ¿por qué es tan malo? —le preguntó sin entender aún la razón.
—Tu padre es un hombre normal que trabaja en el Círculo de Protección. No es un Protector…¡y hay mucha gente que ahora quiere quitar a los Protectores de en medio, y lo harán con cualquiera de quien sospechen! Ya eres mayor para enteder esto. Si vas diciendo esas cosas le podrían confundir y haceros daño. ¿Lo entiendes ahora?
—Sí señor.
—Debéis ir a Virgintown, allí nunca te pasará nada. Es la ciudad más segura del mundo, ¿Lo sabías? —Peter negó con la cabeza, con expresión de tristeza en su cara—. Pues sí. De las más pequeñas, pero sin duda, la más segura. Corre, hijo, no vayan a dejarte en tierra. Y haz caso a tu madre. Le he dicho que te de unas medicinas que te van a ayudar a no tener miedo de ir a dormir ¿estas de acuerdo? ¿vas a confiar en mí? —terminó por preguntar. El niño le dio un abrazo con fuerza a su profesor y se fue a jugar un rato solo, corriendo de un lado a otro, hasta que llegó a la casa abandonada.
Cuando estaba cansado se sentó en los pequeños escalones de aquel mugriento edificio y pensó en lo que le había dicho el Señor Lombard. ¿Por qué no podía ser Protector? ¿Tan malo era? «¿De verdad que mi padre no es un Protector? —se preguntó a sí mismo como si sirviera con aquello para dar con la respuesta. Él estaba seguro de que sí—. Pero qué va a saber un crío de ocho años».

֍

Cuando llegó a su casa, para la hora de comer, comenzó a escuchar gritos tras la puerta de la habitación de sus padres.
—¡Cuando salí de allí no fue para volver! ¿Estás seguro de que es lo mejor? —escuchó quejarse a su madre.
—Sí…, la guerra terminó, Caroline. No hay ningún peligro ahora mismo. Y es allí donde debemos estar… ya lo habíamos hablado. La guerra ha terminado.
— ¡No me mientas! Tú lo sabes…lo saben hasta los niños, Joseph. Aquello solo fue un aperitivo —oyó decir a su madre entre lo que le parecieron sollozos—, Joseph, tantear el terreno. En cuanto…en cuanto Lawrence consiga un poco más de poder… las demás ciudades…
—No lo hará, Caroline —escuchó que responda la voz del padre con firmeza.
—…en cuanto consiga el poder suficiente para eliminar el poder de Virgintown… sabes lo que pasará…no habrá nadie que le pueda parar los pies, estaremos en peligro…
—No lo hará. Para eso tengo que volver, para hacer el trabajo que me fue encomendado…—insistió el padre.
—…y si consigue…
— ¡NO LO CONSEGUIRÁ! —gritó. La voz de su padre era poderosa—.Ese es nuestro hogar, Caroline. No Nine’s Tood.
—Huge no conoce otro hogar que este. Y Peter…—durante unos segundos no se escuchó nada—. ¿Y Peter? La única persona en la que confía es en Mark.
—He hablado con Lombard y dice que su terapia no da frutos. Lo mejor será medicarle —añadió Joseph—. El niño, en el fondo, sigue pensando que todo lo que él sueñe se hará realidad por arte de magia.
— ¿Estás diciendo que nuestro niño está loco?
—No…Caroline. Peter puede estar enfermo, pero no nos podemos agarrar a eso para quedarnos. Lo que mejor le puede venir es relacionarse con otros niños. Mientras tome la medicina será uno más —de repente solo se escuchaban unos sollozos y cuando el niño entreabrió la puerta pudo ver a su padre abrazando a su madre—. Caroline…Caroline… el niño estará bien. No debemos preocuparnos tanto. Es un niño normal. Y muy listo y divertido. Sabrá integrarse… estará bien.
—Está bien. Vayámonos a Virgintown.

֍

Peter estaba acostumbrado a que le dijeran que fuera a jugar en vez de a seguir un tratamiento. Pero él no creía estar enfermo. No se encontraba mal.
Todos los hermanos menos Huge habían nacido en Virgintown, pero se habían mudado a Nine’s Tood cuando Caroline estaba embarazada del pequeño de los hermanos. «Lo único que recuerdo de Virgintown es lo que he visto en mis sueños», se decía Peter así mismo cuando sus hermanos le decían que volverían a casa.
Tal como había planeado Joseph el domingo a primera hora montaron todo el equipaje en el coche que el Círculo de Protección había cedido a la familia: tenía 8 asientos pero aún así irían apretados cuando montaran todos. «Más que un coche parece un tractor», había dicho Caroline en más de una ocasión.
—¡Caroline!¿Caroline? —la voz de Joseph se dejaba oír por todo el patio de la ya vacía casa mientras se rascaba su espesa barba de color casi pelirrojo—. Que se monten ya los niños. James y Jean, revisad la casa para asegurarnos de que no quede nada.
Margaret parecía más preocupada de lo normal. Estaba ausente, con la mirada perdida, aparentemente sin saber qué decir o qué hacer. Peter decidió acercarse para hablar con ella.
—¿Estás bien?—le preguntó. Su hermana le contestó con la cabeza, asintiendo y con los ojos apunto de estallar en lágrimas—. ¿Qué te pasa? —insistió el niño.
—¿Tú no sabes por qué volvemos a Virtgintown, verdad? —le preguntó con aspavientos y la voz ronca de tanto lagrimear. Tras un silencio y ver la cara de confusión del chico, le intentó tranquilizar—. No te preocupes enano, estoy bien. Son cosas que entenderás cuando seas mayor.
Peter no entendía aquello. «¿Cuándo sea mayor? Ellos no entienden que en mis sueños puedo ser mayor que cualquiera. Mayor que ella, incluso. Ya me gustaría que ellos soñaran con…»
—¡Au! ¿Quién me ha pegado? —preguntó mirando a su alrededor, buscando a quién había interrumpido sus pensamientos.
—No llores, enanito —le contestó el culpable—. Te tienes que poner encima de mí o no cabremos. Así que quita, que estás en mi sitio.
Evidentemente, Peter obedeció a Jean. Tras un rato en el que la mente del niño vagaba imaginando que encontraba la llave que hacía inmortal a la gente como en el Cuento de Basheera, y discutiendo en su cabeza si era mejor ser como el protagonista del libro o ser un Protector, el coche se puso en marcha.
Peter se dio la vuelta como pudo y entre las maletas que llenaban la parte trasera del coche pudo ver cómo el señor Lombard les despedía con la mirada. Se le hizo un nudo en el estómago.
—¿Le volveremos a ver? —preguntó Peter. La única respuesta que obtuvo fue una caricia de su hermana en el pelo.
Después de un par de horas el padre de familia paró el coche y todos los integrantes del mismo levantaron la cabeza. Un hombre de tez negra estaba de espaldas, frente a dos coches mucho más modernos que el que habían concedido a los Wright. Joseph se bajó del coche y se fundió en un abrazo con él, tras lo que ordenó a Jean y James que dividieran las maletas entre los dos coches que estaban al lado de aquel hombre. Peter subió en uno de los coches con Jean, Margaret y su padre, y el resto se fue en el otro coche con el hombre negro. «Creo que conozco a ese hombre», pensó Peter, intentando recordar dónde le había visto. Era más alto y con total seguridad, mayor que su padre, era prácticamente calvo y llevaba unas gafas cuadradas, que dejaban entrever unos ojos marrones.
—¿Quién es ese tío? —preguntó Margaret.
—No seas maleducada, hija —le regañó Joseph—. Es un viejo amigo mío. Nos va a acompañar hasta Virgintown.

¿Te ha gustado el primer capítulo? ¡Descárgatelo o comprátelo en papel!